Nuestra historia
Esta no es la historia de una marca. Es la historia de una pareja. Tantrayyoga nació de ella, no al revés.
Durante años fui una mujer que funcionaba. Tenía mi carrera de psicología y magisterio, mi trabajo por cuenta ajena, tenía pareja, tenía hijos, tenía una vida que desde fuera no le faltaba nada. Sonreía cuando tocaba sonreír. Cumplía. Nadie hubiera dicho que dentro de mí había alguien encerrada esperando que alguien —o algo— rompiera el muro.
No fue por falta de amor a mi alrededor. Fue porque aprendí muy pronto que mis actos no podían defraudar a nadie. Y me lo grabé tan hondo que dejé de preguntarme qué quería yo, y empecé a vivir calculando qué se esperaba de mí.
Me atreví a romper ese patrón una primera vez: dejé mi trabajo, mi carrera, para dedicarme a mis hijos. Aquello ya fue una grieta en la imagen de quien se suponía que tenía que ser. En aquel tiempo, con mi primera pareja, los caminos ya se habían ido distanciando —él hacia un lado, yo hacia el crecimiento personal y espiritual— y aun así separarme me parecía impensable. Habría sido la muerte de una identidad heredada y no sabía si podría sostenerme sin ella.
Encontrar a Sunie no fue lo que rompió el muro. Fue lo que me dio la fuerza para terminar de atravesarlo. Después de ocho años de matrimonio, y tres hijos, elegí salir de una vida que ya no era mía, aunque no supiera todavía quién era yo sin ella.
Con Sunie la convergencia espiritual era casi perfecta —sentíamos que íbamos al mismo sitio. Pero aterrizar eso en la vida real, con tres hijos que no eran suyos, no lo fue en absoluto. De soltero a padre de cinco de golpe: los tres míos y luego dos más, los comunes. Hubo desencuentros sobre cómo criar. El cansancio de una entrega que no paraba nunca. Y hubo algo que costó mucho decir en voz alta: la duda de si el amor se repartía igual entre todos.
También dudamos el uno del otro. Muchas veces. Yo, de si él era el hombre correcto. Él, de si yo era la mujer de su vida. Lo hablamos siempre sin tapujos —nunca fue un silencio que cargamos solos.
En medio de ese caos, buscamos un retiro de tantra como última carta. Nos lo dijimos claro, sin rodeos: o ese retiro nos salvaba, o nos decíamos adiós.
No sabíamos siquiera discernir si lo que nos estaba rompiendo era el puro agotamiento o algo más hondo. Pero fuimos con esa apuesta declarada.
Y ahí, por primera vez en mucho tiempo, dejamos de ser dos personas gestionando una logística de cinco hijos y volvimos a vernos. Ese retiro no resolvió el caos de golpe. Pero nos devolvió el uno al otro dentro de él.
Y lo más extraño de todo: mientras esa etapa nos desquiciaba por puro agotamiento, del mismo fuego empezaba a nacer lo que hoy es Tantrayyoga. No fue después de resolver la crisis. Fue en medio de ella.
La duda sobre si él era el hombre correcto no se resolvió con palabras. Se resolvió después, cuando llegó el linfoma —grado 4, real, con la muerte como posibilidad concreta. No lo vi sostenerme ante una discusión más. Lo vi sostenernos —a mí y a los cinco— de una manera que ya no era solo humana. Era casi álmica. Como si algo en él supiera cuidar de nosotros desde un lugar que no pasaba por el cuerpo ni por el cansancio ni por la lógica. Ahí, sin necesidad de decir una sola palabra, declaró quién era para mi y para esta familia.
Sobrevivimos juntos a todo lo que se suponía que iba a romper una pareja: una familia mezclada, un linfoma en grado 4. Y durante años pensé que, superado eso, lo demás vendría solo.
No fue así. Hoy sigo aprendiendo lo más difícil de todo: que no es sanar una herida, sino recordar cómo celebrar a quien tengo delante. Sunie sigue cuidándonos, cada día, de la misma forma con la que nos sostuvo entonces. Y aun así, hay días en que mi mirada se va a lo que falta, en vez de a lo que ya está.
No es que nos falte amor. Es que, después de tanto fuego, se nos olvida cómo jugar en él. Ese es el trabajo que sigo haciendo hoy —no para arreglar nada, sino para recordar lo que ya somos.
Por eso quiero acabar mi historia, nuestra historia, con esta oración:
Elijo ponerme cada día en las manos de la Vida, confiando en que hay un propósito perfecto en todo este proceso y que las cosas llegan en el tiempo exacto, no en el mío. Elijo aprender a mirarme con los mismos ojos de amor con los que mi SER siempre me ha mirado desde dentro.
Y hay algo que quiero agradecer que casi nunca agradecí: no la familia, no el hogar, no lo que ha llegado fácil. Quiero agradecer a la mujer que siguió adelante incluso cuando nadie conocía sus batallas. A la que no dejó de creer. A cada lágrima que me hizo más humana, y a cada vez que decidí levantarme una vez más.
Porque Soy el Sueño amoroso de Dios. Y elegir tratarme con el mismo amor con el que trato a quienes acompaño es, quizás, la forma más honesta de agradecer esta vida que se me ha dado.
Si esta historia te ha tocado algo, te dejamos las 5 preguntas que nos ayudan a nosotros a día de hoy a regresar al Amor.
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